Yo tengo una
regla escencial cuando de dar clases se trata: nunca de los nuncas salir con un alumno. Y, a diferencia de muchas otras prohibiciones en mi vida, medio la he seguido, porque la única vez que no la iba a seguir, no pasó pero no fue precisamente
porque yo no quisiera.
Pero eso no quiere decir que nunca me ha gustado un alumno, aunque la verdad es que se me hace muy poco ético andarte tirando a uno de tus pupilos.
Hace poco, platicando sobre cuando todavía era ayudante de profesor (adjunto, para los cuates, y también para toda la gente que va en la UNAM, aunque no sean cuates), empecé a hacer memorias de mis clases, de mis alumnos favoritos y me acorde de ellos: los alumnitos que me gustaban.
Cabe hacer algunas aclaraciones. La primera, y la más importante, que sólo pasó en la universidad, porque en la prepa la mayor parte de los niños son eso: niños, y a parte de que no me gustan muy chiquitos, tampoco me va a gusta la perspectiva de ir a la cárcel.
La segunda, no fueron cantidades gigantescas, porque como en 15 clases, en alrededor de tres años, nomás fueron 4 los que me gustaban. La tercera es que en cuando das clase ves a una persona dos horas cada dos días por semana, por lo que en realidad, no sabes nada de su vida (ni ellos de la tuya) y a lo que más puedes llegar es a conjeturas de cómo son por su comportamiento.
Las historias van, en versión resumida, así:
Del primero es una historia muy corta y sin mucho chiste realmente; estuvo en las primeras clases que di, y era todo lo que yo podría buscar: listo, inteligente, guapo, súmamente amable y cortés y simpatiquísimo. Y claro que la perfección no podía ser completa, porque junto con las características anteriores se sumaba el "con novio". En realidad, estoy seguro que él nunca se dio cuenta, pero yo creo que el maldito novio, que era un jotazohorrendosinsentidodelbuengustoparavestir, sí porque en cuanto me veía acercarme se interponía o cuando le hablaba o preguntaba en clase ponía unas jetas horrendas.
Los otros tres fueron una situación mucho más compleja porque los tres estuvieron en el mismo salón durante el mismo semestre.
Número uno es, probablemente de los hombres más atractivos que he conocido, muy alto, bonito color, brazotes (y piernotas), sonrisa increíble. No como si fuera extremadamente inteligente, pero no era bruto y le echaba ganas. Aunque no podría apostar, estoy seguro que de todos los que me llegaron a causar cosquillas, él fue el único que realmente se dio cuenta que cuando lo veía ponía los ojos en blanco, porque en más de una vez me pidió favores/concesiones, hasta sus amigos lo mandaban cuando su grupito necesitaba algo, y como realmente no tenía buenos motivos para decir que no (además de que era un barco tamaño Titánic, aunque les gritara de lo que se iban a morir) se los cumplí casi todos.
Lo único que Número Dos tenía es que era guapito, con buena pompi incluida, porque de ahi en fuera no sólo era bestia sino que también un patán. Pero era buen
eyecandy, así que nomás lo dejaba vegetar en clase.
El que era un sueño era Número Tres, porque era un niñito que parecía muy dulce y estaba
cute, que no daba lata ni hacía osos, que participaba en la cantidad exacta y hacía los comentarios precisos... y que aparentemente me alucinaba, porque cuando le hablaba parecía que me estaba vomitando (no se puede todo en la vida).
Ahora, dado que soy un loser muy grande, para mi era complejo esta dando clase/calificando/buscando la manera de conquistar el mundo a través de la adjunteada, voltear y verlos ahí, como en ramillete. Pero nunca pasó nada. Y nunca me humillé públicamente, creo.
Y bueno, si se preguntan si, al contrario, nunca nadie me intentó conquistar, pues en realidad pasó más de una vez, pero con niñas. Sip, jamás un niño me intentó echar los perros, pero de mis alumnas, qué tal, recibí desde invitaciones a comer hasta flores y poemas enviados anónimamente.
Ni modis, que no siempre se tiene lo que se desea.